Tiempo de esperanza

El Adviento, año tras año, alimenta y mantiene la esperanza cristiana. La vida humana sería insoportable sin una buena dosis de esperanza. Esta virtud humana y cristiana es hoy muy deficitaria y, al mismo tiempo, muy deseada.

En la sociedad actual la esperanza resulta más bien extraña: se respira resignación, desaliento e incluso se llega a la frustración y a la desesperación. Sin embargo la esperanza que se necesita y se busca con ansiedad ha de ser auténtica y es preciso que se sostenga en unos fundamentos sólidos.

Los cristianos podemos ofrecer a los hombres y las mujeres de nuestra sociedad esto que de forma directa o indirecta están buscando. Los días de Adviento ayudan a renovar, a redescubrir o, en muchos casos, a descubrir, la esperanza en el cumplimiento de la salvación de Jesucristo. Dios ha incidido en la historia de la humanidad, salvando y elevando la dignidad de la persona humana a la categoría de hijos de Dios y, consiguientemente, hermanando a los hombres y mujeres de toda la humanidad de todas partes y de siempre.

La esperanza hoy está siendo debilitada, atacada e incluso destruida por muchas formas de sufrimiento, de angustia y de muerte que golpean al corazón humano. A pesar de todo esto, iluminados por la fe en Jesucristo, Dios y hombre, sabemos que la esperanza es posible, ya que después de la cruz y de la muerte en el Calvario vino la resurrección del domingo de Pascua. La muerte no tiene la última palabra en el mensaje y en la obra del Señor; la última palabra la tiene la victoria y la resurrección.

Los cristianos hemos de ofrecer a la sociedad este mensaje de esperanza. San Pedro, en una de sus cartas, dice a los creyentes en Jesús que “hemos de estar siempre dispuestos para dar razón de nuestra esperanza”. Jesucristo es la única y verdadera esperanza del hombre y de la historia.

La esperanza no es un sueño ni una utopía; la esperanza es una realidad porque Jesucristo es el Emmanuel, es decir, el Dios-con-nosotros, es el resucitado siempre viviente en su Iglesia y que actúa para la salvación de la persona humana y de la sociedad. Por esta razón, no hay duda de que los cristianos hemos de llegar a ser embajadores y testigos del evangelio de la esperanza.

El Adviento es este tiempo litúrgico maravilloso que alimenta nuestra esperanza porque nos recuerda que Dios cumple sus promesas y que en la plenitud de los tiempos que comienza en la primera Navidad los ojos humanos han visto al Salvador. Una antiquísima tradición ha asignado el Adviento al profeta Isaías porque en él, más que en los demás profetas, resuena el eco de la gran esperanza que confortó al pueblo escogido durante los años más difíciles y trascendentales de su historia. Durante este tiempo litúrgico se proclaman las páginas más significativas del libro de Isaías, que constituyen un mensaje de esperanza perenne para los hombres de todos los tiempos.

La dimensión trascendente de la vida cristiana aumenta el compromiso de redimir la historia. Jesucristo, con el poder de su Espíritu, actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para fortalecer el compromiso de los cristianos para hacer más humana la vida terrenal.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo emérito de Barcelona