ESTADO LAICO Y SOCIEDAD PLURIRELIGIOSA (4)

Fuente evangélica del Edicto de Milán

El Edicto o Constitución Imperial, aprobado conjuntamente con otra serie de medidas, establecía lo siguiente: «Habiendo advertido ya hace mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que debe permitirse al arbitrio y libertad de cada uno que se ejercite en las cosas divinas de acuerdo con el parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás como los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión… que a los cristianos y a todos los demás se les conceda la libre facultad de seguir la religión que prefieran… Así, pues, hemos promulgado con saludable y rectísimo criterio esta nuestra voluntad, para que a nadie se niegue en absoluto la licencia de seguir o elegir la observancia y religión cristiana. Más bien, que sea lícito a cada uno dedicar el alma a aquella religión que considere conveniente.»

El contenido del Edicto de Milán obedece a una expresión de Jesús que se ha convertido en patrimonio de la humanidad para las relaciones que nos ocupan. Se preguntó al Señor si era lícito pagar el tributo al César. La pregunta escondía mucha malicia e intentaba conseguir del Maestro una respuesta comprometedora tanto si respondía afirmativamente como si lo hacía negativamente, dada la situación política del pueblo judío[1]. La respuesta de Jesús, lejos de ser comprometedora, ofreció un principio de permanente actualidad para las relaciones entre el aspecto espiritual y el aspecto temporal, entre la religión y el Estado, entre la Iglesia y el Estado.

Son muy conocidas estas lúcidas y lapidarias palabras de Jesús: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.» Aquí está el fundamento antropológico del Edicto de Milán, del derecho fundamental de libertad religiosa que dio por terminada la persecución de los cristianos en el imperio romano. Y, asimismo, las palabras de Jesús fueron el motivo de los mártires cristianos en el imperio romano antes de aquel Edicto, y de los mártires de todos los tiempos, por el hecho de no reconocerse la libertad religiosa y aquella distinción que establece el Señor.

Benedicto XVI, después de su viaje a París, de noviembre de 2008, comentando esta máxima evangélica, afirmó: «Si en las monedas romanas aparecía impresa la efigie del César y por eso se las tenían que dar, en el corazón del hombre está la huella del Creador, único Señor de la vida. La auténtica laicidad no consiste en prescindir de la dimensión espiritual, sino en reconocer que ésta, radicalmente, es garante de nuestra libertad y de la autonomía de las realidades terrenas»[2]. La separación entre autoridades políticas y religión, o entre Estado e Iglesia, constituye una aportación propia del cristianismo. La distinción no ha surgido en contra de la tradición cristiana. Es en el seno del cristianismo donde se afirman desde sus comienzos la distinción entre la esfera religiosa y la esfera política, los ámbitos competenciales de los poderes políticos y los poderes religiosos[3]. El principio de distinción y de mutua colaboración entre las dos esferas se mantendrá en todos los modelos de relación entre ambas esferas, como explicita la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II[4].

El peso de la historia de la Iglesia sobre tan difícil tema gravita, aun después del Concilio Vaticano II —en el que se proclamó solemnemente el principio de la libertad religiosa—, sobre la gran necesidad de la reconciliación y la sana convivencia ciudadanas. Se ha pasado de una concepción fundamentada en el antiguo derecho público eclesiástico al régimen de libertad religiosa.

La Iglesia necesita libertad para anunciar a Jesucristo y realizar su misión en la sociedad, de tal manera que «la libertad de la Iglesia es el principio básico de las relaciones entre la Iglesia y los poderes públicos y todo el orden civil»[5]. Por ello, el Concilio Vaticano II afirmó que «donde está vigente el principio de la libertad religiosa, proclamado no sólo con palabras, ni solamente sancionado con leyes, sino también llevado a la práctica con sinceridad, allí, al fin, la Iglesia logra la condición estable de derecho y de hecho para la necesaria independencia en el cumplimiento de su misión divina que las autoridades eclesiásticas reivindican cada vez más insistentemente en la sociedad»[6]. La Iglesia necesita y pide un régimen político de auténtica libertad religiosa.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal de Barcelona

[1] Cf. Mc 12,13-17; Mt 22,15-22; Lc 10,20-26.

[2] Audiencia general, 17 de noviembre de 2008.

[3] Cf. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, núm. 50.

[4] Cf. núm. 76.

[5] Concilio Vaticano II, Dignitatis humanae, 13.

[6] Dignitatis humanae, 13.