Los valores

Hablar de los valores es y será siempre un tema actual. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos siempre se comportan según un determinado sistema de valores. Y lo mismo puede decirse de la sociedad como tal. Un valor es aquello que, reconocido y aceptado por la persona como elemento que favorece una plena realización, mueve y orienta su conducta.

Oímos con frecuencia que actualmente se da una crisis de valores que comporta a su vez una crisis de la sociedad. Cosa cierta, porque hoy las personas se comportan de manera muy distinta a la de antes. En un período corto de tiempo hemos pasado, por ejemplo, de una sociedad sacralizada a una sociedad secularizada. No es lo mismo, pongamos por caso, lo que hoy se piensa respecto de la libertad y el amor, que lo que se creía hace ya algunos años.

Al tratar sobre los valores, el problema fundamental consiste precisamente en los contenidos de los valores mismos. Lo que es bueno para unos, es malo para otros, y viceversa. La causa de esto es que en el fondo se contraponen doctrinas e ideologías muy distintas. Para un cristiano, la fuente suprema de los valores está en el evangelio y en las enseñanzas de la Iglesia. Es evidente que la doctrina predicada por Jesús es la más humana y la que lleva al hombre a la consecución del fin último para el cual fue creado. Dios es el valor absoluto para todos los creyentes y quien da sentido al resto de valores.

La Iglesia, como experta en humanidad que es, recuerda estas palabras del Concilio Vaticano II, que rezuman valores y sabiduría: “Jesucristo manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le da a conocer su altísima vocación”. La Iglesia sabe bien que, al defender la dignidad de la vocación humana, su mensaje coincide con los deseos más secretos del corazón humano. Su mensaje, en vez de empequeñecer al hombre, infunde luz, vida y libertad para su progreso.

Los valores del mensaje cristiano han de ser expuestos de tal forma que no se queden en la esfera de lo meramente intelectual, y mucho menos como algo impuesto por unas leyes externas. Se han de entender como verdades que dan sentido a la vida y que la perfeccionan en lo más profundo y en lo más íntimo del ser.

Es cierto que el conocimiento exclusivo de la mente no mueve, en general, la conducta de las personas. Pascal ya hablaba en su época de la lógica del corazón, tomando esta expresión como indicadora de lo que es más central en la personalidad humana. Por eso, la Iglesia ha de tener en cuenta que el hombre de hoy tiene hambre del Dios vivo, no intelectualizado sino accesible a su experiencia personal.

En la opción por un valor tiene un papel muy importante la intuición, el sentimiento y la afectividad. Por eso la vía del contagio es mucho más efectiva que la simple explicación transmitida por medio de palabras. Los valores proclamados pero no vividos, no entusiasman demasiado y pueden causar rechazo. Por eso, al hablar del valor del testimonio de Jesucristo, se hace necesario insistir mucho en la conveniencia de que el testimonio se apoye en la propia vida.

No obstante, no podemos olvidar la importancia y la necesidad de la palabra, ya que el testimonio tiene que ser debidamente explicado. Esto es muy necesario para todos, pero en especial para adolescentes y jóvenes, que necesitan puntos de referencia para pensar y para actuar, esto es, auténticos valores.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal de Barcelona