ESTADO LAICO Y SOCIEDAD PLURIRELIGIOSA (3)

El lejano Edicto de Milán

Hace pocos años que hemos celebrado el 1700 aniversario del Edicto de Milán del año 313, y es pertinente recordarlo y situarlo en las relaciones entre las religiones y el Estado. Con el Edicto comenzaba una nueva era con respecto a estas relaciones. Sería más preciso hablar del inicio de una evolución de tales relaciones. Se ha dicho que el Edicto de Milán fue una especie de «fracaso de entrada». De hecho, los acontecimientos que siguieron abrieron una larga y accidentada historia, que de alguna manera se identifica con la historia de la libertad religiosa.

Como muy bien afirmaba Gabrio Lombardi —a quien recuerdo con afecto por sus clases de instituciones de derecho romano en la Pontificia Universidad Lateranense romana, aquellos años de mi juventud y claramente del siglo pasado—, «el Edicto de Milán del año 313 tiene una importancia trascendental, porque marca el libertatis initium del mundo moderno»[1]. Esta manifestación indica que las medidas firmadas por dos emperadores, Constantino y Licinio, significaron no sólo el final progresivo de la persecución contra los cristianos, sino sobre todo el acta de nacimiento de la libertad religiosa. Puede decirse que con el Edicto de Milán surgieron por primera vez en la historia dos dimensiones que hoy denominamos libertad religiosa y laicidad del Estado.

El cardenal Scola, arzobispo de Milán, recuerda dos significativas enseñanzas de San Ambrosio, arzobispo de aquella sede en los años 374-397. Recordaba a sus diocesanos, en primer lugar, que los cristianos debían ser fieles a la autoridad civil y, en segundo lugar, que esta autoridad debía garantizar a los ciudadanos la libertad religiosa tanto en el plano personal como en el social.

La declaración Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II del que este año celebramos el 50º aniversario de su conclusión, constituye un hito importante en la definición de la libertad religiosa. Este documento conciliar superó la doctrina clásica de la tolerancia y reconoció que «la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa». Y, como afirma Nikolaus Lobkowiz, «la calidad extraordinaria de la declaración conciliar consiste en haber pasado el tema de la libertad religiosa de la noción de verdad a la de los derechos de la persona humana. Si el error no tiene derechos, una persona tiene derechos incluso cuando se equivoca. Queda claro que no se trata de un derecho ante Dios; es un derecho respecto a las otras personas, la comunidad y el Estado»[2]. Estas palabras nos recuerdan a las del cardenal Bea en tiempo de la celebración de aquel Concilio ecuménico, que reiteraban que es la persona humana la que tiene derechos, no la verdad.

A pesar del Edicto de Milán, diecisiete siglos después el derecho a la libertad religiosa no es plenamente reconocido en el mundo. «Alrededor de 350 millones de cristianos sufren persecución o discriminación religiosa en el mundo. Además, los ataques contra los cristianos han aumentado un 309% entre 2001 y 2010»[3]. Y es conocida la actual creciente persecución principalmente contra los cristianos en diversos lugares del mundo por el solo hecho de ser cristianos, obligándolos a dejar su tierra o a convertirse a otra religión bajo amenaza de muerte. Y, sin llegar a persecuciones con víctimas humanas, hay que considerar el trato dado a la religión en la cultura actual y en las legislaciones de los Estados, en muchos casos con marcado acento laicista.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal de Barcelona

[1] Persecuzioni, laicità, libertà religiosa. Dall’Editto di Milano alla «Dignitatis Humanae», Studium, Roma 1991, 128.

[2] «Il Faraone Amenhotep e la Dignitatis Humanae», dentro de Oasis 8 (2008) 18.

[3] P. Rivero, «La libertad religiosa, 1700 años después», dentro de Palabra, febrero de 2013, 68.