Diálogo entre fe y cultura

Voces autorizadas en el campo del diálogo entre la fe y la cultura han insistido recientemente en la necesidad de recuperar la metáfora de los dos libros de la naturaleza, que el propio Galileo y los autores medievales utilizaban: entre los dos libros, el de la Revelación bíblica y el de la Naturaleza, no puede haber contradicción, porque ambos tienen un mismo autor.

Por lo tanto, si hay una contradicción o un conflicto es porque no sabemos leer uno u otro, porque hacemos una interpretación literal o sesgada, o no comprendemos bien los datos que se nos ofrecen. La clave es, pues, que la verdad de la fe no se puede contradecir con la verdad de la razón.

Cuando se habla de diálogo entre ciencia y fe, normalmente se piensa en los problemas de la bioética o de la biomedicina. Sin embargo, éstas son sólo una parte concreta de este diálogo, aunque como afectan directamente al hombre, tienen una urgencia mayor.

Para dialogar es oportuno que cada una de las partes sea consciente de su identidad, de sus límites y también, por supuesto, de su legítima autonomía. Hoy las ciencias sienten esta autonomía suya con una especial sensibilidad, y el Concilio Vaticano II no tuvo reparo en reconocer la legitimidad de esta autonomía.

Esto tiene una aplicación especial en diversos debates actuales sobre los conceptos de creación y de evolución. No respetar los límites de las ciencias y los límites de la teología sólo puede conducir a situaciones equívocas. El Papa Benedicto XVI ha hablado, de la legitimidad de una interpretación histórico-crítica de las Sagradas Escrituras, aunque esta aproximación a ellas no agote su fecundidad, y deba compaginarse con una lectura creyente y orante de su mensaje.

La Biblia no es un libro de ciencia y no debe leerse como una descripción científica del universo y de su desarrollo. El Concilio Vaticano II lo explicó muy buen cuando dice que las Sagradas Escrituras contienen toda la verdad necesaria para la salvación. San Agustín tiene una frase muy significativa cuando dice que la Biblia enseña cómo ir al cielo, pero no cómo van los cielos. En este sentido, por ejemplo, no hay ninguna contradicción entre defender la existencia de un Dios creador y aceptar la descripción que nos ofrece del mundo la biología evolucionista.

Mirando el presente con realismo, se constata aquello que dijo Pablo VI: que el divorcio entre la fe y la cultura es uno de los dramas de nuestro tiempo. Es fuerte la tentación de los creyentes de aislarse, de encerrarse en el ámbito de la vivencia de la fe, de dedicar sus energías al trabajo intraeclesial. Lo he dicho en diversas ocasiones y lo repito ahora. Aunque los laicos, hombres y mujeres, tienen sin duda una misión en la comunidad eclesial, su ámbito propio de actuación es el mundo, lo secular, las realidades laicas, desde las ciencias, a la economía, la política y las diversas manifestaciones culturales.

No podemos encerrarnos en un gueto. Esto sería ir contra la tradición secular de la Iglesia, que siempre se ha confrontado con las culturas de las diversas épocas. Por inhóspito que sea el campo en el que nos hemos de mover, no podemos renunciar a dar testimonio de la esperanza que hay en nosotros. Con humildad y realismo. Pero también con ilusión y confianza

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal de Barcelona