Estado laico y sociedad plurireligiosa (1)

Comienzo presentando una sintética justificación de la actualidad de la temática sobre la laicidad del Estado y la plurirreligiosidad de la sociedad. Esta temática está viva y actual en los escritos, y mucho más en los pequeños y grandes eventos de nuestras sociedades occidentales y en sus ordenamientos jurídicos. Hoy se habla a menudo con bastante confusión de laicidad y de laicismo, e incluso a veces se usan estos dos términos para identificar un mismo concepto. En las sociedades europeas occidentales hay un clima cultural y político de laicismo y no de laicidad. Laicidad y laicismo son dos conceptos que significan realidades muy diferentes. En nuestro entorno va creciendo una tendencia cultural y política a hablar del Estado laico y también de la sociedad laica. Si bien la primera expresión configura un Estado aconfesional y respetuoso para con el fenómeno religioso, la sociedad no es ni puede ser laica, porque la sociedad está formada por personas creyentes y no creyentes, de alguna religión o de ninguna religión. La sociedad es plurirreligiosa.

El tema de la libertad religiosa es muy actual, aunque no siempre aparece con estos términos genéricos en los medios de comunicación. Además de la tan mencionada posible reforma de la Ley de Libertad Religiosa y del reiterado anuncio de la revisión o denuncia de los Acuerdos entre Iglesia y Estado español, existe un debate en España y en otros países de la Unión Europea sobre la laicidad, sobre el uso de los símbolos religiosos en los espacios e instituciones públicos y sobre la presencia de cargos públicos en las celebraciones religiosas en un clima cultural y político de tendencia laicista.

La temática y problemática sobre la libertad religiosa cobra una dimensión más amplia y sale a la superficie con más frecuencia debido al fenómeno de la inmigración que ha experimentado también nuestro país, con personas de distintas etnias y religiones y con un grupo muy numeroso de musulmanes. Hemos pasado en pocos años de una sociedad unirreligiosa a una sociedad plurirreligiosa.

No en vano el derecho de libertad religiosa no es sólo uno de los primeros, sino el primero de los derechos fundamentales de la persona humana. Y la persona humana es siempre persona —sea cual sea la coyuntura socio-político-cultural— con una dimensión religiosa y trascendente. Por ello, creo que no me equivoco si afirmo que siempre será un tema actual tanto para la realización de la persona humana como para la configuración de la sociedad y del Estado. Benedicto XVI, en Westminster Hall, se refería, hace ya unos cuantos años, a «la perenne cuestión de la relación entre lo que se debe al César y lo que se debe a Dios»[1].

En el fondo de estos debates está la presencia pública de la religión en la sociedad, defendida por unos —entre los cuales, como es obvio, me sitúo— y atacada por otros. Y que se reivindique esta presencia es completamente lógico, ya que la convivencia de las personas en la sociedad es algo connatural a la persona humana por el hecho de ser sociable, y la presencia de la religión es también una realidad que no puede ser vivida, ni individual ni colectivamente, fuera de la convivencia social. Es normal que la religión tenga una presencia pública en la sociedad.

Se habla mucho de la secularización de nuestras sociedades, como si el fenómeno religioso perdiera importancia en el mundo. Sin embargo, no es así. En el Congreso Internacional de Pastoral de las Grandes Ciudades, celebrado en Barcelona el año 2014, los sociólogos coincidieron en poner de relieve que la población mundial el año 1980 se pronunciaba religiosa en un 83%, mientras que en 2010 lo hizo en un 89%. Al mismo tiempo hablaron de la falta de confianza de los ciudadanos de las grandes ciudades respecto de las instituciones, con la excepción de la familia y de la religión. Estos datos tienen suficiente importancia para el enfoque de las relaciones entre religión y sociedad[2].

Las relaciones entre Iglesia y Estado no son las más importantes para tratar las relaciones entre el aspecto religioso y el aspecto temporal en la convivencia social. Aquellas relaciones deben enmarcarse en el contexto de las relaciones entre fe y política, entre religión y sociedad, entre Iglesia y convivencia social. La Iglesia ha ido haciendo hincapié en el hombre y en los derechos inalienables de la persona y de la sociedad. Las relaciones de la Iglesia con la política ya no pueden enmarcarse exclusivamente en las relaciones con el Estado. Más bien la Iglesia debe propiciar, valorar y mejorar su presencia en la sociedad. En este sentido tiene mucha importancia constatar que el título que el Concilio Vaticano II dio a la constitución Gaudium et spes es el de «la presencia de la Iglesia en el mundo», y en este documento conciliar siempre se emplean los términos relacionales Iglesia y comunidad política para significar la sociedad, a diferencia de la declaración conciliar Dignitatis humanae sobre libertad religiosa, en la que los términos relacionales son Iglesia-Estado, Iglesia – autoridad civil.

Este enfoque armoniza con el espíritu señalado por el papa Francisco, que reitera la necesidad de una Iglesia «en salida», que vaya a las periferias existenciales y geográficas para ofrecer su servicio a las personas, como Iglesia samaritana que ofrece el gran tesoro que tiene, que es el anuncio de Jesucristo y la práctica de las obras corporales y espirituales de misericordia.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal de Barcelona

[1] Discurso del 17 de septiembre de 2010.

[2] M. Castells, «Àngels i dimonis de les grans ciutats», dentro de La pastoral de les grans ciutats, ed. Claret, Barcelona 2015, 27.