La Pascua de Resurrección

Los apóstoles que seguían a Jesús muy posiblemente se hicieron estas preguntas: ¿De qué manera Jesucristo, que ejercía una fascinación tan grande, respondía a las promesas de Dios sobre la salvación de su pueblo? ¿Cómo podía un hombre tan bueno y suave poner orden en un mundo tan malo? ¿Qué significaba el destino de fracaso y de muerte del que les hablaba?
Estas son, posiblemente, las preguntas que hoy se hacen los hombres y mujeres de este inicio de un nuevo milenio. La respuesta a estas preguntas la encontramos en la revelación del amor trinitario, realizada en la resurrección de Jesús crucificado. La Pascua revela el sentido de la historia, una historia orientada hacia la victoria final y definitiva de Dios, de la que la resurrección del Crucificado es anticipación y promesa.
También hoy, en medio del desaliento provocado por terrorismos, guerras, divisiones, odios y conculcaciones de los derechos fundamentales de la persona, es urgente que escuchemos la palabra de proximidad y de consuelo de Dios, revelada en la Pascua. En la Pascua Dios Padre se manifiesta como aquel que ama a todos, en el gesto supremo del sacrificio de Jesús.
“¡En verdad, el Señor ha resucitado!” Este es el grito constante que brota de los labios de los cristianos en el tiempo pascual. Es la confesión de un hecho que ocupa las últimas páginas de los cuatro evangelios. La afirmación de Jesús resucitado -“Yo soy el camino, la verdad y la vida”- es un grito que traspasa las fronteras del espacio y del tiempo y se hace sentir en lo más íntimo de la conciencia humana.
Es cierto que a los apóstoles les costó creer en la resurrección de su Maestro, fundamentalmente por dos motivos: por una parte, el impacto de la pasión había sido un fuerte traumatismo para unos hombres como ellos, iletrados y sencillos; por otra parte, no habían entendido ni lo que decían las Escrituras sobre el Mesías ni las predicaciones de Jesús.
Los dos discípulos de Emaús conversaban y discutían sobre los hechos dolorosos acaecidos en Jerusalén, a propósito de la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Y cuando Jesús resucitado se acercó a ellos, fueron incapaces de reconocerlo en la persona del caminante anónimo. Esto es lo que les sucede a muchos hombres y mujeres de hoy: están solos porque quizás hace tiempo que la fe se apagó en sus corazones. Sin embargo, no están solos, porque alguien -el Viviente- camina a su vera. Aunque las tinieblas del error o del pecado oculten el horizonte de la esperanza, Jesús resucitado los acompaña.
La resurrección de Cristo es un hecho real con una dimensión histórica, pero al mismo tiempo sobrepasa y trasciende la historia. Esta fue la contundente afirmación de los apóstoles que, a los ocho días de la resurrección de Jesús, comunicaron a Tomás, el incrédulo: “¡Hemos visto al Señor!” Su escepticismo se deshizo ante la evidencia del resucitado que vieron y tocaron, y con el que conversaron. Finalmente, Tomás hará la profesión de fe más bella que haya salido de los labios humanos sobre la resurrección del Señor: “¡Señor mío y Dios mío!”
En la Pascua, además de celebrar el gran paso dado por Jesús de la oscuridad a la luz, celebramos que Dios es el autor de la Vida, de tal manera que ha entregado para siempre su propia vida en el amor a su Hijo Jesús y también a nosotros, sus hijos adoptivos. El cristianismo tiene como fundamento la fe llena de confianza en Dios que nos ha prometido la vida eterna. Por esto creemos y confiamos totalmente “en Aquel que resucitó de entre los muertos a Jesucristo, nuestro Señor”.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal Arzobispo em. de Barcelona