La Semana Santa

                    Durante la Semana Santa los cristianos vivimos los misterios más importantes de nuestra fe. En concreto, celebramos la muerte y la resurrección de Jesús, que revelan claramente la humanidad y la divinidad de nuestro Salvador.

            Sin embargo, la Semana Santa pone de relieve el amor de Dios a toda la humanidad. En medio de una sociedad tensa y fría, en la que se acentúa el individualismo y la soledad, es muy conveniente el calor de un Dios que se acerca a cada persona para ofrecerle el don de la felicidad divina. La salvación de Jesús nos hace hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

            Este amor eterno, infinito y gratuito de Dios se manifestó en la cena pascual del Jueves Santo. En esta Cena del Señor, Él nos amó hasta el extremo y nos dio su cuerpo y su sangre como alimento de comunión. En el cenáculo este ofrecimiento fue incruento, aunque Jesús en aquella primera misa fue sacerdote, altar y víctima.

            El Señor entregó de forma cruenta su cuerpo y su sangre el Viernes Santo en la cruz del Calvario. En la cruz de Jesús pusieron por escrito la causa de su crucifixión: “Jesús de Nazaret, el rey de los judíos”. Así lo mandó escribir Pilato, el autor de la sentencia de muerte. Pero allí, en el Calvario, no faltó la fe del centurión romano, testigo inmediato de los acontecimientos de aquel día: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

            La cruz de Jesús manifiesta el rostro de Dios y es profundamente humana. La cruz nos ayuda a comprender el verdadero sentido del dolor y del sufrimiento que acompañan la vida de los hombres. Como escribió Claudel, “Dios no vino a la tierra para suprimir el sufrimiento, sino a llenarlo de su presencia; una presencia que sorprendentemente es un amor infinito”.

            Jesús, al morir en la cruz, manifiesta de manera bien clara el amor eterno, infinito y gratuito de Dios hacia todos los hombres y las mujeres de la humanidad. La cruz es desde luego abominada por muchos, pero continúa atrayendo a miles y miles de creyentes que se postran para adorar a aquel que, sin dejar de ser Dios, quiso salvar al género humano.

            En la cruz de Cristo el dolor y la muerte se abrazan con el amor y la vida. Quien en este mundo no haya sufrido nunca, no sabe lo que significa amar. La cruz se convirtió en el signo definitivo del amor fiel de Dios.

            El amor eterno, infinito y gratuito trasciende el sufrimiento y la muerte y es portador de vida. Por esto la cruz no es la última palabra de la redención de Jesucristo, porque le siguió su resurrección gloriosa, que es la manifestación plena de su victoria sobre el pecado. Por esto, el triunfo y la vida del hombre tienen su fuente en la muerte y la resurrección de Jesucristo. El Viernes Santo nos conduce al domingo de Pascua, al Dios hecho hombre y también a todo hombre amado por Dios.

            El silencio, la plegaria y la participación en las celebraciones litúrgicas y religiosas son diversas maneras de acompañar al que es el protagonista de la Semana Santa para alcanzar una mayor identificación con Él.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona