La conciencia moral

          Juan Pablo II nos hace estas preguntas: ¿Tenemos una idea adecuada de la conciencia? ¿No es verdad que el hombre de nuestros días vive bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia o de una anestesia de la conciencia?

            La dignidad del hombre tiene una relación muy directa con la realidad que llamamos conciencia, porque ésta exige que el ser humano actúe en virtud de su libre elección. La persona humana ha de actuar movida e inducida por una libre determinación y no bajo la presión de un impulso ciego interior o de una acción externa. La conciencia, arraigada íntimamente en nuestro ser, nos dicta lo que es bueno y lo que es malo, nos anima a hacer el bien y a evitar el mal y juzga sobre la rectitud o la malicia de nuestras acciones u omisiones.

            El Concilio Vaticano II afirmó que la conciencia es “el núcleo secretísimo y el sagrario del hombre”. Porque es la voz de Dios en el hombre, la conciencia es una instancia inviolable. Pero es necesario que sea una conciencia recta. Pertenece a la dignidad de la persona humana el derecho “a obrar según la recta norma de su conciencia”. Es preciso, por tanto, no caer en la trampa de “las falsas conciencias morales”.

            La conciencia, por sí misma, no es un oráculo infalible. Necesita crecer, ser formada y ejercitada en un proceso que avance gradualmente en la búsqueda de la verdad y en la progresiva integración e interiorización de los valores y de las normas morales. La Iglesia insiste con frecuencia en la importancia que tiene para los hombres de hoy el hecho de ser fieles a una conciencia bien formada.

           El Papa Francisco, en su Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” reconoce que “nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden de la mejor manera posible al Evangelio en medio de sus límites”. Y añade: “Estamos llamados a formar las conciencias, no a pretender substituirlas”.

            La conciencia moral interpreta e impone la norma a la acción humana. Es como un ojo interior que contempla, una luz que permite ver con claridad; la conciencia acepta  y aplica la ley objetiva de la moralidad. Dicho con otras palabras: “La conciencia puede mandar en la medida en que ella misma obedece”, según una frase de Pablo VI.

            No se puede confundir la conciencia con la subjetividad de la persona. Un recurso a lo subjetivo, a lo que a mí me parece, con la exclusión de los valores objetivos, anteriores a la misma persona, conduce a graves equivocaciones. En este caso se confunde, en la práctica, la sublimación de la espontaneidad con el rechazo de toda norma. Una conciencia recta sabe unir lo que es subjetivo con los valores objetivos. Estos valores, para un cristiano, se encuentran en el Evangelio y en el magisterio de la Iglesia, que a los valores de la revelación añade el contenido de la ley natural.

            La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables está al servicio de la verdadera libertad del hombre. El hombre recupera su grandeza cuando observa en sí mismo y en toda la realidad creada una racionalidad que no es una creación o una invención suya, sino que es la imagen nueva de la sabiduría que Dios ha puesto en todas las cosas creadas.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona