¿Tenemos sentido de pecado?

         De un largo tiempo a esta parte ha disminuido la conciencia de pecado. Pío XII pronunció una frase que llegó a hacerse proverbial: “El pecado del siglo es la pérdida del sentido de pecado”. Posteriormente, Pablo VI dijo que “el pecado actualmente es una palabra silenciada”.

            El sentido de pecado tiene su raíz en la conciencia moral del hombre y es como su termómetro. Y podemos preguntarnos: ¿Tenemos una idea justa de la conciencia? ¿Acaso no vive el hombre contemporáneo bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia, de una deformación o de una amnesia de la conciencia? Hay muchos indicios de que en nuestro tiempo se da realmente este eclipse. Y no se puede olvidar que la conciencia, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre”, y está “íntimamente unida a la libertad humana”. Así, pues, la conciencia se encuentra en la base de la dignidad interior del hombre y, a la vez, de su relación con Dios.

            Sin embargo, el sentido de pecado está muy relacionado con el sentido de Dios, ya que deriva de la relación consciente que el hombre tiene con Dios. Cuando el hombre y la mujer creyentes se acercan a Dios se conocen a sí mismos con mayor objetividad y descubren la realidad del pecado en su vida. Hay que decir también que así como no se puede eliminar completamente el sentido de Dios ni apagar la conciencia, tampoco se borra completamente el sentido de pecado.

            El secularismo entendido como un movimiento de ideas y de costumbres, defensor de un humanismo que hace abstracción de Dios y que se concentra totalmente en el culto del hacer y del producir, contribuye a disminuir el sentido de pecado, que se reduciría sólo a aquello que ofende al hombre. No obstante, el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre, porque Dios es la raíz y el fin supremo del hombre, y éste lleva en su corazón una semilla divina. Es la realidad de Dios la que descubre e ilumina el misterio del hombre. Por esto, no se puede pretender que “tenga consistencia el sentido de pecado con respecto al hombre y a los valores humanos si falta el sentido de la ofensa cometida contra Dios”.

            Hay que leer la Biblia para darse cuenta de que casi en cada una de sus páginas se habla de la existencia del pecado. En este libro inspirado por Dios se explica maravillosamente la naturaleza y la malicia del pecado y se describe también el amor y la misericordia divina. El salmista escribe: “Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho aquello que ofende a tus ojos”. El pecado se levanta contra el amor de Dios hacia nosotros y separa nuestros corazones de Él. Como afirma San Agustín, el pecado es “el amor de uno mismo hasta el desprecio de Dios”. Pecar es vivir como si Dios no existiera, es borrarlo de la propia existencia diaria.

            Es necesario restablecer el sentido justo de pecado, porque es la primera manera de afrontar la grave crisis espiritual que afecta al hombre de nuestro tiempo.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona