Cuarenta días cuaresmales

          El miércoles pasado comenzamos la Cuaresma con el rito tradicional de la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza. Este gesto va acompañado de unas palabras evangélicas que son el resumen del tiempo que iniciamos: “Convertíos y creed en el evangelio”. Estas semanas de Cuaresma nos ayudan a progresar en nuestra vida humana y cristiana, porque la conversión a los ideales y a los valores del evangelio siempre es un auténtico progreso.

            El tiempo de Cuaresma es un camino hacia la Pascua pasando por la Pasión y la Cruz. El que quiere ser discípulo de Jesucristo “ha de tomar su propia cruz y seguirlo”. El cristiano ha de aceptar, como el Maestro, que es preciso que el grano de trigo caiga en tierra y muera para que llegue a ser fecundo. Son las palabras de Jesús. Es la realidad diáfana de la vida.

            Por esto la conversión que hemos de realizar especialmente en la Cuaresma es progreso y crecimiento humano y cristiano, ya que consiste fundamentalmente en morir a nuestro egoísmo y abrirnos al amor. Este es el camino de la vida, del gozo, de la verdadera felicidad, aunque parezca una paradoja: morir a uno mismo, para vivir; darnos, para poder encontrarnos; empobrecernos, para poder enriquecernos.

            Estos cuarenta días cuaresmales son propicios para crecer en el silencio y en la interiorización de nuestra vida. Necesitamos profundizar en nuestras convicciones y en la fe cristiana. Hemos de llenar nuestro interior con la riqueza de Dios, de su Palabra, de las maravillas del mundo y de la vida cotidiana. Esto exige vivir momentos de desierto en medio del ruido y del frenesí de nuestro mundo. Los tiempos de oración, de escuchar a Dios y de diálogo con Él han de aumentar en este tiempo cuaresmal.

            Sin olvidar la conversión en esta dimensión tan íntima, que es preciso reconocer que es la principal, hemos de procurar que se amplíen los horizontes de nuestra conversión cuaresmal. En concreto, convirtiéndonos a una mayor solidaridad, esta virtud humana y cristiana tan necesaria en nuestro tiempo, frente a un acentuado neoliberalismo. La solidaridad nos conduce a considerar al prójimo no sólo como un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino también como una imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y colocada bajo la acción permanente del Espíritu Santo.

            La Cuaresma nos prepara para celebrar y vivir la Pascua, que es el paso del Señor que salva del pecado y de toda clase de esclavitud. El Señor resucitado pasa por nuestras vidas haciendo el bien, como siempre. También nosotros, convirtiéndonos al amor y a la solidaridad, bien unidos a Cristo resucitado, pasamos por el mundo haciendo el bien y trabajamos para que todos puedan participar de la mesa de la creación, porque esta es la voluntad de Dios creador.

            Este tiempo de gracia que es la Cuaresma es tiempo propicio para escuchar más la voz de la conciencia, la cual, como nos dice el Concilio Vaticano II, es “el núcleo secretísimo y el sagrario del hombre”. Por ser la voz de Dios en el hombre, la conciencia es una instancia inviolable a la que ninguna instancia humana superior puede violentar. Con todo, hemos de formar rectamente nuestra conciencia y seguir sus dictámenes. De esta manera se alcanza la plenitud de la dignidad humana y cristiana.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona