La conversión cuaresmal

El Miércoles de Ceniza es el comienzo de la Cuaresma. El rito de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas nos invita a la autenticidad en nuestras vidas. El rito adquiere una mayor fuerza con las palabras que lo acompañan: “Convertíos y creed en el Evangelio”. Con esta celebración comenzamos el tiempo cuaresmal, que es muy propicio para el silencio, la reflexión, la plegaria y la conversión.

La Cuaresma es una preparación para celebrar la Pascua. Comenzamos unas semanas que nos ayudan a progresar en nuestra vida humana y cristiana, porque la conversión a los ideales y a los valores del Evangelio siempre representa un progreso auténtico.

¿De qué hemos de convertirnos? Esta pregunta es muy interesante, especialmente en un tiempo en que vivimos bastante distraídos de los valores del espíritu. Para tomar conciencia de la necesidad de conversión es necesario acercarse cada vez más a Dios. Él nos ayudará a ver nuestro pecado y el mayor o menor alejamiento que mantenemos en nuestra relación con Dios.

¿Qué pensamos, por ejemplo, de la exaltación de la dignidad humana desligada de toda relación con Dios? ¿O del hedonismo vital que huye de todo lo que comporta sacrificio, sobriedad, abnegación y sólo busca, de forma obsesiva, el bienestar y el placer? ¿Es verdad que se extiende un amoralismo que se va convirtiendo en una especie de convicción que a menudo tiende a hacer desaparecer los pecados personales y pone de relieve sólo los pecados colectivos y estructurales? ¿Y el creciente individualismo insolidario que fomenta nuestra sociedad competitiva, que se desentiende de muchos hermanos nuestros pobres y necesitados?

El tiempo de Cuaresma es un camino hacia la Pascua pasando por la pasión y la cruz. Quien quiere ser discípulo de Jesús “ha de tomar su propia cruz” y seguirlo. El cristiano ha de aceptar, como su Maestro, que es necesario que el grano de trigo caiga en la tierra y muera para que sea fecundo. Son palabras de Jesús. Es la realidad diáfana de la vida de cada día. Convertirnos de las actitudes, acciones u omisiones que no son conformes con el Evangelio nos une más y más a Jesucristo en su muerte y resurrección. Este es el camino cotidiano del cristiano y especialmente de la Cuaresma. Todo esto representa un crecimiento y un progreso como personas y como cristianos. Fundamentalmente, consiste en morir al egoísmo y abrirnos al amor. Es el camino de la vida, de la alegría y de la auténtica felicidad, aunque parezca una paradoja: morir a uno mismo para vivir; darnos, para poder encontrarnos; empobrecerse, para poder enriquecernos.

En el contexto cuaresmal de conversión y fidelidad al Evangelio, hay que tener muy presente una bellísima página evangélica que nos habla de la bondad de Dios, reflejada en la compasión y en la ternura de un padre: es la parábola del hijo pródigo. Se trata de un drama en dos actos. El primero habla de la miseria del hombre: es la huida del hijo pródigo y la mezquindad del hijo mayor. Sin embargo, el segundo acto proclama la misericordia gratuita e infinita de Dios, que perdona al hijo pequeño y comprende al hijo mayor. En esta historia de cada uno de nosotros con Dios, vemos constantemente nuestra miseria y la misericordia divina. No hay delito y castigo, sino delito y misericordia.

Por esto la Cuaresma es un tiempo de gracia. Estos cuarenta días son propicios para crecer en el silencio y en la interiorización de nuestra vida. Necesitamos profundizar en nuestras convicciones de fe. Hemos de llenar nuestro interior con la riqueza de Dios. Los tiempos de plegaria, de escucha de la palabra de Dios y de diálogo con Él han de aumentar en este tiempo cuaresmal repleto de espiritualidad bautismal y pascual.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona