Diálogo con Dios y con el mundo

Hace ahora unos años, los obispos de Cataluña escribíamos que si observamos los niveles de recepción y de valoración que obtienen en nuestra sociedad la vida y la acción de la Iglesia, fácilmente llegaremos a conclusiones no demasiado halagadoras. En las imágenes que ofrecen los medios de comunicación predominan las referencias a los aspectos conflictivos, la crítica a menudo poco matizada, la baja consideración y, no raramente, el ataque o el menosprecio.

El silencio sistemático sobre Dios o su ausencia de tantas propuestas de felicidad humana son también factores que, de forma pretendida o no pretendida, contribuyen a oscurecer y a debilitar la fe cristiana y, habida cuenta de la tradición de nuestro pueblo, acaban perjudicando el temple moral de nuestra sociedad.

También es verdad que cuando nos acercamos a las personas concretas, fácilmente observamos que no están tan condicionadas como podría parecer por el entorno mediático y cultural. Esto aparece con mayor claridad en la vivencia religiosa, que tiende a mantenerse en la intimidad personal. Hay situaciones felizmente contradictorias. Muchas personas que mantienen, globalmente, unas actitudes distantes respecto a la Iglesia y a la fe, en cambio reaccionan positivamente ante las situaciones límite de la vida, ante la muerte, o en contacto con los buenos ejemplos de generosidad, de pobreza evangélica y de experiencia de Dios de muchos cristianos.

Lo peor que nos podría pasar hoy a los cristianos seria, por un lado, que reaccionásemos con actitudes de cerrazón o de recelo sistemático respecto a la sociedad fuertemente impregnada de agnosticismo y poca fe y, por otro lado, que el ambiente enfriase nuestra vida cristiana, le quitase fuerza comunicativa, rompiera nuestra comunión. Por esto es muy necesario un diálogo con el mundo que nos rodea y con Dios.

En lo referente al diálogo con la sociedad, el objeto de este diálogo ha de ser una invitación a la fe en Jesucristo, exenta de malentendidos, de manera que nadie se vea tentado de rechazarla por razones extrañas a su verdadera naturaleza.

El fruto de este diálogo tendrá que ser un cuidadoso discernimiento, a la luz del Espíritu, que nos permita percibir, por una parte, las afinidades de muchos valores de nuestro tiempo con el Evangelio y, por otra parte, la existencia de unas vías destructivas que, so capa de progreso, desembocan en una cultura de la muerte.

Tenemos necesidad de un diálogo con Dios, de un diálogo trascendente. Hoy es frecuente que muchas personas se abstengan de toda relación con Dios alegando la complejidad del tema, la diversidad de propuestas religiosas o la alteridad absoluta del Creador. Nosotros hemos aprendido de Jesucristo que la grandeza de Dios no lo convierte en inaccesible. Gracias a Jesús, sabemos que detrás del nombre de Dios está la persona de nuestro Padre del cielo, “que está presente en lo escondido”.

No hace falta poseer un elevado nivel de conocimientos religiosos para entrar en comunicación con Dios. Se trata de quererlo, de ser consciente de las propias limitaciones, de abrir espacios de silencio en nuestro interior.

Juntamente con el diálogo trascendente por medio de la plegaria y de la escucha de la palabra de Dios, es necesario un diálogo comprometido con los hermanos, sobre todo con los pobres, los enfermos, los inmigrantes y los refugiados. Un diálogo que llegue hasta la comunicación de bienes.

 

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona