Desarrollo, sinónimo de paz

El desarrollo de los pueblos en todos sus aspectos es el camino para la paz. Por una razón muy sencilla: no hay auténtica paz sin justicia. Y es muy cierto que la justicia distributiva exige que todos los pueblos puedan alcanzar el desarrollo necesario para lograr la realización de sus ciudadanos.

En el fondo hay la cuestión de la dignidad de toda persona humana. En teoría se admite esta gran verdad, pero a menudo es desmentida cuando observamos que cada año mueren de hambre en el mundo millones de personas. Manos Unidas y otras organizaciones están realizando un valioso trabajo de sensibilización y de obtención de recursos para financiar programas de desarrollo en los países del Tercer Mundo.

            Hay que tomar una mayor conciencia de que Dios ha creado el universo al servicio de toda la humanidad. Por decirlo así, ha preparado una mesa en la cual todo hombre y toda mujer puedan tener un plato. Estamos todavía lejos de este plan de Dios sobre la creación. No por falta de bienes, sino por la mala distribución que mantenemos. Gandhi afirmaba que “la naturaleza puede satisfacer todas las necesidades del hombre, pero no su ambición”.

No hay duda de que nuestra condición de seres sociables nos hace interdependientes, a gusto o a disgusto. Esto nos dice que somos iguales en dignidad y hermanos los unos de los otros. Esto pide que las personas y los pueblos estén abiertos los unos a los otros. Hoy se considera urgente alcanzar un desarrollo sostenible que viene motivado por la interdependencia entre los pueblos  y seres del planeta, entre las generaciones presentes y futuras, y la necesidad de buscar soluciones globales.

La globalización, que teóricamente significa que más personas podrán tener más acceso a los beneficios del consumo y a los recursos técnicos, en realidad está produciendo que los pueblos del Sur se conviertan en consumidores endeudados y privados de sus recursos naturales. No se transfiere conocimiento y técnica a los pueblos del Sur, sino productos del Norte a precios inasequibles, sólo asequibles a unos pocos. Recientemente parece que los países más ricos del mundo han condonado deudas de los países más pobres. Esta es una buena noticia. Hemos de avanzar en el logro de una globalización solidaria.

Invita a reflexionar el hecho de que la tierra de estos países del Tercer Mundo sea, en general, la más rica y la menos contaminada, pero no es suya, no les aprovecha. El acceso a la propiedad de los bienes y recursos necesarios para satisfacer sus necesidades vitales les está vetado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad que impide su legítimo desarrollo.

Los cristianos tenemos un motivo más que nos exige trabajar en favor del desarrollo de los pueblos. Además de las razones naturales antes citadas, que en sí ya son muy fuertes, Jesús nos ha dado el nuevo mandamiento del amor y nos ha dicho que todo lo que hacemos a una persona, sea quien sea, se lo hacemos a él. Cada persona que muere de hambre hoy en el mundo es un sacramento de Jesús.

A los laicos y laicas cristianos corresponde, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, comprometerse con decisión para que las estructuras de la sociedad contribuyan al desarrollo de todos los pueblos, que es el camino de la paz.

 

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. Barcelona