Estimada Iglesia

 

La tentación de separar a Jesús de la Iglesia no es nueva. Sin embargo, muchos contemporáneos nuestros aceptan adherirse a la persona de Jesús, pero prescindiendo de la Iglesia. Esto no es posible si se quiere alcanzar una auténtica adhesión a Cristo, porque no podemos separar la cabeza del cuerpo.

Esta tentación obedece al hecho de que la Iglesia es a la vez visible e invisible, humana y divina, Iglesia de la tierra e Iglesia rica en bienes celestiales. Hay, por tanto, el peso de la historia con pruebas, fidelidades y flaquezas. Hay también miradas y juicios intransigentes que hacen difícil descubrir el rostro verdadero de la Iglesia.

No hay oposición ni separación entre la comunidad de fe, de esperanza y de caridad y la estructura visible de la Iglesia; entre la sociedad dotada de organismos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo; entre el grupo visible y la comunidad espiritual. La Iglesia terrenal y la Iglesia enriquecida de bienes celestiales no han de ser consideradas como dos realidades, sino que forman una única realidad compleja, constituida por un elemento humano y un elemento divino.

Sin la Iglesia no seríamos cristianos. Ella, como madre, nos ha hecho nacer a la vida de hijos e hijas de Dios. A través de los siglos ella nos ha acompañado en la fe  y nos ha dado a luz en la alegría y en el dolor. Nos ha alimentado. Por esto hemos de amar a la Iglesia, porque Cristo la ha amado y se ha entregado por ella. Es muy cierto que amar a la Iglesia como Cristo la ama comporta actualmente trabajar para que la Iglesia sea como Cristo quiere que ella sea.

La Iglesia es asamblea convocada. Esto es lo que significa la palabra Iglesia en griego. La Iglesia es convocada por Dios en la unidad del Espíritu Santo. Dios la ha querido a su imagen y semejanza: comunidad de amor y de personas, como Dios mismo. La ha querido así y nos la da. La Trinidad –un solo Dios en la comunión de Personas- realiza esta comunión eclesial. La Iglesia tiene en la Trinidad su origen y su fuente.

En las otras religiones los hombres buscan a Dios. Pero entre Jesús y sus discípulos la cosa no funciona así. El que los llama es Jesús. Su llamada es gratuita e inesperada, pero tan emocionante que despierta una adhesión libre, total e incondicional a su persona. Este llamamiento genera unas rupturas con las condiciones anteriores de vida, porque los discípulos no son escogidos sólo para un provecho personal, sino también para ser enviados a anunciar la buena nueva del Resucitado.

Hay quien dice: “¿Por qué hace falta un intermediario entre Dios y los hombres?” Pero la Iglesia no es ningún intermediario; ¡es el cuerpo vivo de Cristo!          Los Apóstoles y los evangelistas hablan de la Iglesia como de un misterio revelado en Cristo que ninguna imagen puede expresar totalmente: la Iglesia es a la vez la viña del Señor, la esposa de Cristo, el templo del Espíritu, ciudad celeste, cuerpo místico de Cristo, etc.

Pero los Apóstoles continúan estando entre nosotros: son los obispos, unidos a aquel que los preside como obispo, el sucesor de Pedro. Como Jesús, reúnen a hombres y mujeres. Obispos y sacerdotes participan juntos del sacerdocio de Cristo. No están situados por encima del pueblo de Dios, sino dentro de este pueblo y a su servicio. En la comunidad cristiana, los laicos tienen como vocación específica dar testimonio del reino de Dios en medio del mundo. En todas partes en que el Evangelio está llamado a germinar, los laicos cristianos están llamados a dar razón de la vida nueva que reciben de Dios.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona