Escuchar a la conciencia

Pienso que el magisterio del Papa Francisco conduce a redescubrir la importancia de la conciencia personal en la vida cristiana y en la vida de la Iglesia. En las dos asambleas sinodales salieron en las intervenciones referencias al papel de la conciencia. No se puede olvidar que tiene un papel muy importante en la valoración moral de nuestra conducta humana y cristiana. Se trata de un don de Dios, ya que, como nos ha dicho el Concilio Vaticano II, “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en que está sólo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”. Y el mismo Concilio señala que “cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad”.

Hay que reconocer que en general la conciencia se ha tenido poco presente en la pastoral de la Iglesia y se ha hablado muy poco de ella, también en las catequesis. Ha parecido más fácil y más seguro aplicar en la propia vida la ley sin esforzarse en examinar en la conciencia el encaje de la propia situación personal y la norma.

La Exhortación Amoris laetitia (La alegría del amor), del Papa Francisco, da mucha importancia a la conciencia. En este documento se habla de ella en veintinueve ocasiones. Como afirma el Papa “durante mucho tiempo creímos que solamente insistiendo en las cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia, ya sosteníamos a la familias”. Tenemos dificultad en presentar el matrimonio más como un caminar dinámico de desarrollo y realización que como un peso que hay que soportar toda la vida. Y el mismo Papa reconoce que “nos cuesta dejar espacio a la conciencia de los fieles, que muchas veces responden de la mejor manera posible al Evangelio en medio de sus límites”. De ahí que afirme que “estamos llamados a formar las conciencias y no a pretender substituirlas”.

Hay que estar atentos a un creciente relativismo muy presente en nuestra cultura actual. No podemos admitir un relativismo que afirma que “nada es verdad o es mentira”. El relativismo no es bueno. Hay determinadas conductas que constituyen  una violación del orden moral objetivo establecido por Dios. Y tampoco es bueno el oportunismo, que presta más atención a las circunstancias de tiempo y lugar que no a los principios. En la conciencia moral cristiana no hay lugar ni para el relativismo ni para el oportunismo.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona

*Contenido que forma parte del último capítulo de mi libro “Cómo aplicar Amoris laetitia”, editorial Claret, Barcelona 2016, 84 pág.