El cristianismo, unificador de Europa

La identidad cultural se convierte actualmente en el nuevo elemento capaz de dar cohesión a grupos humanos, procurando sin embargo que la identidad esté bien abierta a las otras identidades culturales de todas las partes del mundo. Por eso, la búsqueda de la identidad cultural construida de forma armónica se convierte en una prioridad para la paz. El cardenal Poupard indicaba  que a los cuatro pilares que san Juan XXIII señala en su encíclica Pacem in terris como fundamentos para la paz se podría añadir el de la cultura, entendida como el alma de un pueblo.

Por esto resulta muy importante la cuestión de las raíces culturales de Europa, ya que no se trata sólo de la búsqueda de su identidad, sino también de una contribución a la paz del mundo, una paz entre hombres y mujeres que pertenecen a culturas y civilizaciones diversas en las cuales la religión ocupa un lugar central.

Ortega y Gasset afirmaba que Europa es el único continente que es a la vez un contenido. Europa no es sólo una realidad geográfica. Por encima del mosaico de lenguas, de tradiciones y de costumbres diferentes hay un elemento unificador en todo nuestro continente, y este elemento es el cristianismo.

El mismo cardenal hablaba del problema de las dos Europas, y afirmaba que para unos Europa es lo que es gracias al cristianismo y sólo podrá subsistir en la fidelidad a esta herencia, y para otros Europa es lo que es a pesar del cristianismo y hay que superar esta etapa de su pasado. Los padres de la actual Unión Europea -los cristianos Schuman, De Gasperi y Adenauer- intentaron conciliar estas dos posturas.

Hay que recuperar la historia común como fuerza creadora de paz. Para los padres fundadores de Europa era evidente que la herencia cristiana constituía el núcleo de esta identidad histórica de nuestro continente. Todas las riquísimas realidades culturales, artísticas, filosóficas y sociales de contenido cristiano que se han ido acumulando durante veinte siglos  son la expresión de una concepción determinada del hombre y de su relación con Dios, de la presencia de lo sagrado en el corazón de la ciudad, de la distinción entre lo que es temporal y lo que es espiritual, entre lo que es de Dios y lo que es del César.

La herencia cristiana que ha fecundado el continente europeo no es algo cristalizado, incapaz de admitir nuevas aportaciones. Decir Europa ha de querer decir apertura. Lo exige su propia historia, a pesar de que no está exenta de experiencias y de signos opuestos. En realidad, Europa no es un territorio cerrado o aislado; se ha construido yendo, más allá de los mares, al encuentro de otros pueblos, de otras culturas y de otras civilizaciones. Por esto ha de ser un continente abierto y acogedor, que continúe realizando, en la actual globalización, no sólo unas formas de cooperación económica, sino también una cooperación social y cultural. La herencia cristiana de Europa y la presencia de cristianos en Europa facilitan a nuestro continente esta apertura.

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo em. de Barcelona