Dios sale al encuentro del hombre

Está ya cerca la noche gozosa de Navidad. Al caer la medianoche nació el niño Jesús, en la cueva de Belén. Y era Dios. El evangelista Lucas lo explica de esta manera: “Y sucedió que mientras ellos estaban allí se le cumplieron a María los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el hostal”. Jesús nació en la humildad de un establo, en el seno de una familia pobre. Los primeros testigos de su advenimiento son unos sencillos pastores. En aquella pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche santa: “La Virgen pone en el mundo al Eterno y el mundo ofrece una cueva al que es el Inaccesible. Naciste para nosotros, Niño y Dios eterno.”

            En Belén aparece el misterio de la salvación de Dios que viene a estar con nosotros con humildad y pobreza. Esta opción de Dios choca con nuestros planteamientos que se sitúan demasiado a ras del suelo. Los pastores de la montaña lo reconocieron a pesar de tanta pobreza de la cueva de Belén y lo adoraron. Porque sabían que encontrarían al Mesías recién nacido “en pañales y acostado en un pesebre”.

 Al lado del pesebre entendemos muchas cosas, como le sucedió a san Francisco de Asís. Se entiende más fácilmente el amor infinito que Dios nos tiene a nosotros, criaturas suyas y pecadores. Él nos ha amado antes de nacer en Belén, desde toda la eternidad, porque Él es eterno. Sin embargo, en la cueva de Belén nos manifiesta más claramente la razón por la que se ha convertido en el Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros, tan cercano a los hombres y mujeres que asumió nuestra naturaleza humana y puso su tienda de campaña entre nosotros.

 Aquella noche de la primera Navidad se convirtió en una noche de luz, porque era noche de amor. Un recién nacido siempre es objeto de amor. Ante la mirada de un niño que empieza a sonreír las personas adivinan lo que es el amor puro y transparente. No hay duda ninguna de que un recién nacido suscita el amor de nuestro corazón porque los hombres, desarmados, tenemos entonces las manos y el corazón libres para amar.

El cristianismo comienza con la encarnación del Hijo de Dios. Aquí no es sólo el hombre el que busca a Dios, sino que es Dios el que se hace realmente presente, para hablar de sí mismo al hombre y para indicarle el camino por el que podrá llegar a Él. En el recién nacido de Belén Dios no sólo habla al hombre, sino que lo busca.

Pero, ¿por qué Dios busca al hombre? Porque el hombre se ha alejado de Él y se ha escondido, como Adán y Eva se escondieron entre los árboles del paraíso. Buscando al hombre a través de su Hijo, Dios quiere inducirlo a abandonar los caminos del mal, en los cuales el hombre tiende a adentrarse cada vez más. Ante el pesebre podemos adquirir una mayor conciencia de nuestros pecados y convertirnos al amor a Dios y a los hermanos.

La religión que nace del misterio de Navidad es la religión que nos invita a permanecer en la intimidad de Dios, a participar de su misma vida. Si Dios busca al hombre, creado a su imagen y semejanza, lo hace porque quiere elevarlo a la dignidad de hijo adoptivo suyo. El misterio de Navidad queda expresado en esta antífona de vísperas: “¡Oh admirable intercambio! El creador de los hombres ha querido hacerse hombre y ha nacido de una virgen; compartiendo nuestra humanidad, nos ha hecho el don de su divinidad.” San Agustín lo dice más brevemente: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegara a ser Dios”. Ante el pesebre de Navidad entendemos que Dios asumió lo que era nuestro para darnos lo que era suyo.

¡A todos os deseo una santa y gozosa Navidad!

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal Arzobispo emérito de Barcelona