Libertad religiosa y paz social

Hoy se debate sobre la problemática de la relación entre libertad religiosa y paz social. Podría parecer en teoría que una ley con posibilidades de reducir el alcance de la diversidad religiosa también puede reducir e incluso eliminar los conflictos que puedan derivarse de esta diversidad.

Sin embargo, la praxis y distintos estudios realizados han demostrado que entre libertad religiosa y paz social existe una correlación muy estrecha. El Estado, cuanto más impone restricciones en el ejercicio de la libertad religiosa, aumentan más los conflictos de contenido religioso. Imponer o prohibir por ley prácticas religiosas conlleva aumentar aquellos resentimientos y frustraciones que se manifiestan más tarde como conflictos en la vida pública.

Conviene tener presente la relación entre libertad religiosa y orientaciones del Estado respecto a las comunidades religiosas en la sociedad civil. Se observa hoy una evolución en la política de los Estados democráticos. Hasta hace poco se daba una referencia sustancial y explícita a estructuras antropológicas generalmente admitidas como dimensiones constitutivas de la experiencia religiosa: el nacimiento, el matrimonio, el nacimiento de los hijos, la educación y la muerte. Pero hoy esta referencia identificada en su origen religioso empieza a ser o es ya cuestionada y considerada inutilizable. El problema clásico del juicio moral sobre las leyes se ha ido transformando cada vez más en un problema de libertad religiosa, pero en sí no lo es.

El concepto francés de laicidad se basa en la idea de la indiferencia, que se define como neutralidad de las instituciones del Estado respecto del fenómeno religioso. Este concepto se ha ido extendiendo en la cultura jurídica y política europea, llegando a confundirse las categorías de libertad religiosa y la denominada neutralidad del Estado.

En nuestras sociedades europeas actuales, las divisiones más profundas son entre la cultura secularista y el fenómeno religioso, y no tanto entre las distintas religiones. Si no se tiene en cuenta esta observación, el Estado democrático, bajo la idea de neutralidad, ha ido apoyando una visión basada en la idea secular, en detrimento de la justa libertad religiosa. Fácilmente, el Estado “neutral” crea su propia cultura secularista que, a través de la legislación, se convierte en cultura dominante y termina ejerciendo un poder negativo con relación a otras identidades y, especialmente, con relación a  las religiones presentes en la sociedad civil, tendiendo a marginarlas, si no a expulsarlas del ámbito público.

Ante esta realidad constatable, el Estado no debe interpretar su laicidad como un distanciamiento del fenómeno religioso, o una imposible neutralidad, sino que debe abrir espacios donde cada persona y cada religión puedan aportar su contribución a la construcción del bien común.

La laicidad positiva y democrática reconoce en la dimensión religiosa de la persona puntos de encuentro en un contexto cada vez más multiétnico y pluricultural. El Estado toma, también, conciencia de que necesita de energías morales que él no puede aportar en su totalidad.

Lluís Martínez Sistach

Cardenal i arquebisbe emèrit de Barcelona