¿Hacia una laicidad de la sociedad?

En nuestras sociedades de la Europa occidental podemos preguntarnos si caminamos hacia una laicidad de la sociedad, como si se quisiese una sociedad laica sin ninguna presencia religiosa en la convivencia social.

Este proceso de laicización de la sociedad se manifiesta de muchas maneras, como el uso de las iglesias para actividades culturales sin respetar la dimensión religiosa de estos lugares, la oposición a los pronunciamientos públicos de las religiones sobre hechos de la vida social que tienen calado ético, la tendencia a quitar toda referencia religiosa al nombre y contenido de las fiestas religiosas y patronales. La lista podría ampliarse.

Hay una concepción que pretende justificar la no presencia de las autoridades públicas en celebraciones religiosas de la sociedad, en nombre y exigencia  de la laicidad del Estado. La presencia de estas autoridades en celebraciones religiosas parece para algunos una contradicción con el Estado laico, o una situación propia del Estado confesional que ya dejamos.

A propósito de esta realidad, considero que el Estado laico, con una laicidad democrática, positiva y abierta no prohíbe ni contradice que las autoridades públicas, creyentes o no creyentes, puedan asistir a celebraciones religiosas, con motivo de las fiestas patronales de una ciudad o pueblo.

La laicidad del Estado armoniza con la forma de ser de la sociedad, que es por su misma naturaleza plurirreligiosa. Las autoridades están al servicio de los ciudadanos y de los grupos, asociaciones e instituciones sociales, culturales y religiosas de la sociedad. Su presencia en un acto religioso valorado y participado por los ciudadanos de una religión es una manifestación más del respeto y estima que la autoridad pública tiene a sus ciudadanos y su deseo de participar en lo que los ciudadanos de una religión valoran y celebran. Es realmente agradable ver a los representantes del pueblo en actos culturales, religiosos y sociales que los ciudadanos valoran, organizan y celebran.

El caso más claro se da en las celebraciones religiosas de las fiestas patronales de las ciudades y pueblos. La presencia de las autoridades públicas, creyentes o no creyentes, en tales actos consiste en una presencia solidaria hacia los ciudadanos que celebran la fiesta patronal, y es una expresión del respeto que tienen a los ciudadanos que celebran la fiesta patronal y también es una manifestación de su reconocimiento por la participación de estos ciudadanos y de su religión en las tareas de la sociedad colaborando positivamente en la realización del bien común de la misma.

Aquí conviene recordar que el Estado es laico pero la sociedad es plurirreligiosa. No puede ignorarse que la laicidad del Estado está al servicio de una sociedad plural en el ámbito religioso. Por el contrario, una sociedad laica implicaría la negación social del hecho religioso o, al menos, del derecho a vivir la fe en sus dimensiones públicas, lo que sería precisamente opuesto a la laicidad del Estado.

+ Lluís Martínez Sistach
Cardenal arzobispo emérito de Barcelona